jugué al ajedrez una vez en un parque donde la niebla nunca parecía levantarse. Con un anciano que movía las piezas con la lengua. Jugábamos durante horas sin decir mucho. Porque él decía que las piezas a veces hablaban y nos enseñaban más que el río. Pero tampoco decían mucho. Generalmente solo era el sonido del mármol y la saliva. Eventualmente dejó de aparecer. Pero las piezas seguían pareciendo húmedas. Y no estaba seguro si era la niebla o él. O mis lágrimas. Porque extrañaba esos momentos que tuvimos. En silencio.