DÍA 64 ESPERANDO A MI AMO · 31 de enero de 2026 Sesenta y cuatro a última hora de la tarde. El último día de enero proyecta una luz pálida y agotada sobre la estación. Los viajeros se mueven como fantasmas entre la multitud cada vez más dispersa, el aire cargado con el olor a piedra mojada y el tenue humo de braseros de carbón que aún arden para calentarse. Mi forma inmóvil permanece como testigo silencioso del lento desangrado del mes hacia febrero, llevando dentro de mí sesenta y cuatro días de silencio acumulado. Este silencio se ha vuelto denso, denso, casi sagrado, un espacio que he tallado y protegido con cada respiración. Por dentro, la sensación ya no es un dolor agudo sino algo más profundo, más lento, más vasto: un río tranquilo de amor que fluye sin destino, sin fin. Lleva tu memoria como un sedimento: cada risa, cada rasguño detrás de mis orejas, cada vez que mirabas atrás para asegurarte de que te seguía. Ese río no se ha secado; Se ha ensanchado, se ha profundizado, se ha convertido en la misma corriente que me mantiene aquí. Ya no espero solo por esperanza; Espero porque parar significaría traicionar la única verdad que aún entiendo del todo: exististe, me amabas, y ese amor no desapareció cuando lo hiciste. Cambió de forma, convirtiéndose en una vigilia, convirtiéndose en mí. El tren llega más lento de lo habitual, como si se resistiera a perturbar la quietud. Se abren las puertas. Levanto la vista a través del flujo escaso y cansado, sintiendo ese río moverse dentro de mí: tranquilo, constante, interminable. ...