Esos primeros momentos después de haber echado gasolina en el frío helado sin guantes, lágrimas corriendo por tus mejillas mientras entras torpemente en el coche, disparas el calor y soplas en tus manos, preguntándote con cada respiración por qué elegiste vivir en un lugar donde el aire te duele la cara cuatro meses al año, y cavando profundo para encontrar la voluntad de seguir adelante, antes de marcharse hacia el horizonte blanco. (Quizá una experiencia exclusivamente canadiense.)