Pasó un año entero sin respuestas. Nuestro gato desapareció, y con cada semana que pasaba, la esperanza se iba apagando. Buscamos, pusimos carteles y aguantamos todo lo que pudimos—hasta aceptar la posibilidad de que quizá nunca volviera a casa. Y entonces llegó hoy. Mi mujer y yo estábamos en un simple paseo en bici cuando vi un gato delante de nosotros. Algo en su forma de moverse le resultaba familiar. Por instinto, dije su nombre en voz alta. Se quedó paralizado. Luego se giró. El sonido que emitió aún resuena en mi pecho—un grito lleno de reconocimiento y alivio. Corrió hacia nosotros como si no hubiera pasado el tiempo. Dejé caer la bici, me arrodillé y él se lanzó a mis brazos, aferrándose como si tuviera miedo de soltarla de nuevo. Después de todo un año... Se acordó de nosotros. Hoy, la espera terminó. El silencio se rompió. Y nuestra familia, de alguna manera, volvió a estar completa.