A medida que envejeces y tienes hijos, tus explicaciones para haberte hecho daño en la espalda siguen una especie de curva inversa de genialidad. Edad 25 (sin hijos): “Intenté un nuevo truco en la pista de esquí y me caí.” = genial Edad 30 (sin hijos): “Dormí de una manera un poco rara.” = muy poco genial Edad 35 (dos hijos): “Mis hijos me pidieron que los metiera, uno a la vez, dentro de una bolsa de deporte y los girara en el aire durante una hora (y lloraban si me detenía).” = ¿un poco genial otra vez?